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El ruiseñor

Hans Christian Andersen (1805 - 1875)

Hans Christian Andersen (1805 - 1875), nació en Odense (Dinamarca) el 2 de abril de 1805. Es uno de los más conocidos autores y poetas daneses, famoso por sus cuentos. Entre sus obras destacan además sus libros de viaje y alguna que otra Narrativa. [+ Biografía]
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En China, como sabes, el Emperador es chino, y chinos son también todos sus súbditos. Hace ya muchos años de esto, pero por eso mismo, antes de que se olvide, merece la pena que escuches esta historia.

El palacio del Emperador era el más espléndido del mundo, todo él de la más fina porcelana, tan precioso pero tan frágil que había que extremar las precauciones antes de tocar nada. En el jardín abundaban las flores más preciosas, y de las más maravillosas pendían campanillas de plata que tintineaban para que nadie pudiera pasar ante ellas sin observarlas. Sí, en el jardín del Emperador todo estaba diseñado con sumo ingenio, y era tan extenso que hasta el mismo jardinero desconocía dónde estaba su final. En el caso de que lograras alcanzarlo, te encontrarías con el bosque más espléndido, con altos árboles y profundos lagos. Aquel bosque llegaba hasta el hondo mar, que era de un azul intenso; grandes embarcaciones podían navegar bajo las ramas, y en ellas vivía un ruiseñor que cantaba como los ángeles, tan bien lo hacía que, incluso el pobre pescador, a pesar de sus muchas preocupaciones, cuando salía por la noche a recoger las redes, se detenía a escuchar su alegre canto.

-¡Dios mío, qué trinos más hermosos! -exclamaba; pero tenía que atender a sus tareas y se olvidaba del pájaro, aunque sólo hasta la siguiente noche; al escucharlo de nuevo, repetía:

-¡Dios mío, qué melodía tan hermosa!

De todos los países del mundo llegaban viajeros a la ciudad imperial, a la que admiraban tanto como al palacio y al jardín; pero cuando oían al ruiseñor, siempre decían:

-¡Pero esto es lo mejor!

De regreso a sus tierras los viajeros lo contaban, y los sabios escribían muchos libros sobre la ciudad, el palacio y el jardín, pero no olvidaban nunca al ruiseñor, al que consideraban lo más importante; y los poetas componían inspiradísimos poemas sobre el ruiseñor que cantaba en el bosque, junto al hondo mar.

Aquellos libros dieron la vuelta al mundo, y algunos llegaron hasta el Emperador. Sentado en su trono de oro leía y leía, y de vez en cuando hacía con la cabeza gestos de aprobación, pues le complacía leer aquellas magníficas descripciones de la ciudad, del palacio y del jardín. «Pero lo mejor de todo, sin embargo, es el ruiseñor», decía el libro.

-¿Qué es esto? -gritó el Emperador-. ¿El ruiseñor? ¡Jamás he oído hablar de él!. ¿Hay un pájaro semejante en mi Imperio, y precisamente en mi jardín? Nadie me ha hablado de él. ¡Y tengo que enterarme leyéndolo en los libros!

Y entonces llamó al mayordomo de palacio, que era tan importante que, cuando una persona de rango inferior se atrevía a dirigirle la palabra para preguntarle algo, se limitaba a contestar:

-¡P!-, que no significaba nada.

-¡Tenemos aquí un pájaro extraordinario, llamado ruiseñor! -dijo el Emperador-. Dicen que es lo mejor que existe en mi Imperio. ¿Por qué no me han hablado nunca de él?

-Nunca he oído ese nombre -dijo el mayordomo-. Jamás ha sido presentado en la Corte.

-¡Pues ordeno que venga aquí esta noche a cantar para mí! -dijo el Emperador-. El mundo entero conoce lo que tengo, menos yo.

-Jamás he oído ese nombre -repitió el mayordomo-. Lo buscaré y lo encontraré.

¿Pero dónde encontrarlo? El mayordomo subió y bajó todas las escaleras y recorrió salas y pasillos. Nadie de cuantos interrogó había oído hablar del ruiseñor. Y el mayordomo, volviendo al Emperador, le dijo que probablemente era una de esas fábulas que ponen en los libros.

-Vuestra Majestad Imperial no debe creer todo lo que se escribe; son fantasías y algo que llaman magia negra.

-Pero el libro donde lo he leído me lo ha enviado el poderoso emperador del Japón -dijo el Soberano-; por lo tanto, no puede contener falsedades. ¡Quiero oír al ruiseñor! ¡Que acuda esta noche a mi presencia! Es mi imperial deseo. Si no se presenta, todos los cortesanos serán pateados en el estómago después de cenar.

-¡Tsing-pe! -dijo el mayordomo, y corriendo a subir y bajar escaleras y a atravesar salas y pasillos, y media Corte corriendo con él, pues a nadie le hacía gracia que le dieran patadas en la barriga. Todos preguntaban por el extrordinario ruiseñor, conocido por todo el mundo, pero que la Corte no conocía.

Finalmente dieron en la cocina con una pobre moza, que dijo:

-¡Dios mío, el ruiseñor! Pues claro que lo conozco. ¡Qué bien canta! Todas las noches me permiten que lleve algunas sobras de la mesa a mi pobre madre enferma, que vive cerca de la playa, y al regresar estoy tan cansada que me siento a descansar en el bosque. Entonces oigo al ruiseñor. Se me llenan los ojos de lágrimas, como si me besara mi madre . Es un recuerdo que me embarga de emoción.

-Pequeña friegaplatos -dijo el mayordomo-, te daré un empleo fijo en la cocina y permiso para ver comer al Emperador, si nos traes al ruiseñor, pues está citado para esta noche.

Todos se dirigieron al bosque, donde el ruiseñor solía cantar; media Corte formaba la expedición. Nada más llegar, comenzó a mugir una vaca.

-¡Oh! -exclamó un cortesano-. ¡Ya lo tenemos! ¡Pero qué fuerza tan extraordinaria para un animal tan pequeño! Sin embargo, estoy seguro de haberlo oído antes.

-No, eso es una vaca que muge -dijo la muchacha-. Aún tenemos que andar mucho para llegar al sitio.

Luego oyeron las ranas croando en una charca.

-¡Magnífico! -exclamó el capellán imperial de los chinos-. Ya lo oigo, suena como campanillas de iglesia.

-¡Que va, si son las ranas! -contestó la moza-. Pero creo que pronto lo oiremos.

Y en seguida el ruiseñor se puso a cantar.

-¡Es él! -dijo la muchachita-. ¡Escuchen, escuchen! ¡Allí está! -y señaló un pajarito gris posado en una rama.

-¿Es posible? -dijo el mayordomo-. Jamás lo habría imaginado así. ¡Qué vulgar! Sin duda que ha perdido el color al ver a unos personajes tan distinguidos que han venido a verlo.

-¡Pequeño ruiseñor! -dijo en voz alta la muchachita-, ¡nuestro gracioso Emperador quiere que cantes para él.

-¡Con sumo placer! -respondió el ruiseñor, y lo dijo cantando que daba gusto oírlo.

-¡Parecen campanitas de cristal! -observó el mayordomo.

-¡Miren cómo emplea su garganta! Es raro que nunca lo hayamos oido. Causará sensación en la Corte.

-¿Quieren que vuelva a cantar para el Emperador? -preguntó el ruiseñor, que creía que el Emperador estaba allí.

-Mi pequeño y excelente ruiseñor -dijo el mayordomo-, tengo el grato honor de invitaros a una gran fiesta en palacio esta noche, donde podréis deleitar a Su Imperial Majestad con vuestro delicioso canto .

-Suena mejor en el bosque -dijo el ruiseñor; pero los acompañó de buen grado cuando le dijeron que era un deseo del Emperador.

En palacio todo había sido pulido y abrillantado. Las paredes y el suelo, que eran de porcelana, brillaban a la luz de miles de lámparas de oro. Las flores más exquisitas, dispuestas con sus campanillas, habían sido colocadas en los pasillos; las constantes carreras de los cortesanos por los corredores, para que todo estuviera en su punto, producían tales corrientes de aire que las campanillas no cesaban de sonar y no podía oirse ni la propia voz de uno.

En medio del gran salón donde se sentaba el Emperador, había una percha de oro para el ruiseñor. Toda la Corte estaba presente, y la pequeña pinche de cocina había recibido autorización para situarse detrás de la puerta, pues ya era considerada como una cocinera de la Corte. Todos llevaban sus vestidos de gala, y todos miraban al pajarillo gris, a quien el Emperador hizo la señal de que podía comenzar.

Y el ruiseñor cantó tan deliciosamente que las lágrimas asomaron a los ojos del Emperador; y cuando el pájaro las vio surcar sus mejillas, volvió a cantar con mayor belleza, hasta llegarle al corazón. El Emperador quedó tan complacido que dijo que regalaría su babucha de oro al ruiseñor para que se la colgase del cuello. Mas el ruiseñor le dio las gracias, diciéndole que ya se consideraba suficientemente recompensado.

-El haber visto lágrimas en los ojos del Emperador es para mí el mejor premio. Las lágrimas de un Emperador tienen un poder mágico. Bien sabe Dios que he quedado bien recompensado -y reanudó su canto con su dulce y melodiosa voz.

-¡Es lo más delicioso que he oido en mi vida! -dijeron todas las damas; y se fueron a tomar un buche de agua para gargarizar cuando alguien hablase con ellas; pues creían que de esta forma también ellas podían parecer ruiseñores. Sí, hasta los lacayos y las camareras expresaron su aprobación, y esto quería decir mucho, pues de todos eran los más difíciles de contentar. No cabía duda de que el ruiseñor había tenido un éxito absoluto.

Se quedaría a vivir en la Corte, con derecho a jaula propia, y con libertad para salir de paseo dos veces durante el día y una vez por la noche. Pusieron a su servicio doce criados, cada uno de los cuales sujetaba con firmeza una cinta de seda que le habían atado alrededor de la pata. La verdad es que no eran especialmente divertidas aquellas excursiones.

La ciudad entera hablaba del extraordianrio pájaro, y cuando dos se encontraban, se saludaban diciendo el uno: «Rui» y respondiendo el otro: «Señor»; y suspiraban y se entendían entre sí. Hubo incluso once verduleras que pusieron su nombre a sus hijos, pero ninguno de ellos tuvo aptitudes musicales.

Un día el Emperador recibió un gran paquete con el letrero: «Ruiseñor».

-He aquí un nuevo libro sobre nuestro famoso pájaro -exclamó el Emperador. Pero no era ningún libro, sino un pequeño robot colocado en una jaula: un ruiseñor artificial, que se parecía al vivo, pero recubierto de diamantes, rubíes y zafiros. En cuanto se le daba cuerda cantaba la misma melodía que cantaba el verdadero, levantando y bajando la cola; todo él centelleaba de plata y oro. Llevaba una cintita colgada del cuello con el letrero: «El ruiseñor del Emperador del Japón es pobre en comparación con el del Emperador de la China».

-¡Soberbio! -exclamaron todos, y el emisario que había traído el pájaro artificial recibió al instante el título de Gran Proveedor de Ruiseñores Imperiales.

-Ahora deben de cantar juntos. ¡Qué gran dúo harán!

Y los hicieron cantar juntos; pero la cosa no tuvo éxito, pues el ruiseñor auténtico cantaba a su manera y el artificial iba a piñón fijo.

-No se le puede reprochar nada -dijo el Director de la Orquesta Imperial -; lleva el compás magistralmente y sigue mi método al pie de la letra.

Así es que el pájaro artificial tuvo que cantar solo. De esta forma obtuvo tanto éxito como el auténtico, y además, era mucho más bonito, pues brillaba como una pulsera o un broche.

Cantó treinta y tres veces la misma melodía, sin cansarse en absoluto. Los cortesanos querían oírla de nuevo, pero el Emperador opinó que también el ruiseñor verdadero debía cantar un poco. Pero, ¿dónde estaba? Nadie se había dado cuenta de que, volando por la ventana abierta, había vuelto a su verde bosque.

-¿Qué cosa más extraña? -dijo el Emperador; y todos los cortesanos lo llenaron de improperios, y tuvieron al ruiseñor por un pájaro extremadamente desagradecido.

-¡Pero tenemos el mejor pájaro! -dijeron-, y el ave artificial hubo de cantar de nuevo, repitiendo por trigésima cuarta vez la misma canción; pero como era muy difícil no consiguieron aprendérsela. El Director de la Orquesta Imperial lo alabó extraordinariamente, asegurando que era mejor que el ruiseñor auténtico, no sólo en lo concerniente al plumaje y los espléndidos diamantes, sino también en lo interno.

-Pues consideren sus Señorías, y especialmente Vuestra Majestad, que con el ruiseñor auténtico nunca se puede predecir lo que va a cantar. En cambio, en el artificial todo está determinado de antemano; se oirá tal cosa y tal otra, y nada más. Puede uno darse cuenta de cómo funciona; se puede abrir y observar el ingenio con que están dispuestos los engranajes, cómo se mueven con total exactitud, sin que ocurra nunguna imprevisión.

-Eso pensamos todos -dijeron los cortesanos, y el Director de la Orquesta Imperial fue autorizado para que el próximo domingo mostrara el pájaro al pueblo-. Podrán todos oírlo cantar -dijo el Emperador; y lo oyeron, y quedaron tan satisfechos como si se hubiesen emborrachado con té, pues así es como lo hacen los chinos; y todos gritaron: «¡Oh!», y levantaban el dedo, aquel con el que se rebañan las cacerolas, y asentían con la cabeza. Pero los pobres pescadores que habían oído al ruiseñor de verdad, dijeron:

-No está mal; las melodías se parecen, pero le falta algo, no sé qué...

El ruiseñor auténtico fue desterrado del país.

El pájaro mecánico estuvo en adelante sobre un cojín de seda junto a la cama del Emperador; todos los regalos que le habían hecho -oro y piedras preciosas- se encontraban a su alrededor, y había sido nombrado Cantante de Cabecera del Emperador, con la categoría de número uno al lado izquierdo, porque el Emperador consideraba que este lado era el más distinguido, por ser el del corazón, y hasta los emperadores tienen el corazón a la izquierda.

Y el Director de la Orquesta Imperial escribió veinticinco volúmenes sobre el pájaro mecánico; eran tan largos y eruditos, tan llenos de las más difíciles palabras chinas, que todo el mundo afirmó haberlos leído y entendido, porque no les creyeran tontos y les dieran patadas en el estómago.

Así transcurrieron las cosas durante un año; el Emperador, la Corte y todos los demás chinos se sabían de memoria el menor gorjeo del pájaro mecánico, y precisamente por eso lo apreciaban más; podían imitarlo y lo hacían. Los chinos de la calle cantaban: «¡tsi-tsi-tsi, gluc-gluc-gluc!», y hasta el Emperador cantaba también. Era verdaderamente divertido.

Pero una noche en que el pájaro artificial cantaba maravillosamente, el Emperador, que ya estaba acostado, oyó un «¡clac!» en el interior del mecanismo; los engranajes giraron más de la cuenta y se paró la música.

El Emperador se levantó inmediatamente y llamó a su médico de cabecera; pero, ¿qué podía hacer él? Entonces llamaron al relojero, quien tras largos discursos y manipulaciones lo arregló a medias; pero manifestó que debían tocarlo poco y no hacerlo trabajar demasiado, pues los pivotes estaban gastados y no era posible sustituirlos por otros nuevos que fueran acordes con la música. ¡Qué desgracia! Desde entonces sólo se permitió cantar al pájaro una vez al año, y aun esto era considerado un exceso; pero en tales ocasiones el Director de la Orquesta Imperial pronunciaba un discurso con palabras difíciles de entender, diciendo que el ave cantaba tan bien como antes, y todo el mundo estaba de acuerdo.

Pasaron cinco años y todo el mundo sufría enormemente por su Emperador, pues estaba tan enfermo que temían por su vida. El sucesor ya había sido designado, y el pueblo, en la calle, no cesaba de preguntar al mayordomo de Palacio por el estado del viejo Emperador.

-¡P! -respondía, moviendo la cabeza.

Frío y pálido yacía el Emperador en su grande y suntuoso lecho. Toda la Corte le creía muerto y cada uno se apresuraba a presentar sus respetos al nuevo Emperador. Los lacayos salían precipitadamente para hablar del suceso, y las camareras de palacio se habían reunido para tomar el té. En todos los salones y pasillos habían tendido alfombras para que no se oyeran los pasos, y todo estaba en profundo silencio.

Pero el Emperador no había muerto todavía; yerto y pálido yacía en la lujosa cama, con sus largas cortinas de terciopelo y macizas borlas de oro. Por una ventana que se abría en lo alto, la luna iluminaban al Emperador y al pájaro mecánico.

El pobre Emperador respiraba con dificultad, como si alguien estuviera sentado en su pecho. Abrió los ojos y vio que era la Muerte, que se había puesto su corona de oro en la cabeza y sostenía en una mano la imperial espada dorada , y en la otra, su magnífico estandarte. Y en torno, por los pliegues de las grandes cortinas de terciopelo del lecho, asomaban extrañas cabezas, algunas horribles, otras de expresión dulce y apacible: eran las obras buenas y malas del Emperador, que lo contemplaban en aquellos momentos en que la Muerte se había sentado sobre su corazón.

-¿Te acuerdas de esto? -susurraban una tras otra-. ¿Te acuerdas? -Y le recordaban tantas cosas, que le brotaba el sudor de su frente.

-¡Jamás lo supe! -se excusaba el Emperador-. ¡Música, música! ¡Que suene el gran tambor chino -gritó- para no oír lo que dicen!

Pero las cabezas seguían hablando y la Muerte asentía con la cabeza, al modo chino, a todo lo que decían.

-¡Música, música! -gritaba el Emperador-. ¡Tú, pajarillo de oro, canta, canta! Te di oro y piedras preciosas, con mi mano te colgué del cuello mi babucha dorada. ¡Canta, anda, canta!

Pero el pájaro permanecía callado, pues no había nadie que le diese cuerda, y la Muerte seguía mirando al Emperador con sus grandes cuencas vacías; y el silencio era lúgubre.

Entonces se oyó, procedente de la ventana, un canto maravilloso. Era el pequeño ruiseñor vivo, que estaba fuera posado en una rama. Enterado de la desgracia del Emperador, había acudido a traerle consuelo y esperanza; y cuanto más cantaba, más palidecían y se esfumaban aquellos espectros, la sangre afluía con mayor ímpetu a los debilitados miembros del enfermo, e incluso la Muerte escuchó y dijo:

-Sigue, pequeño ruiseñor, sigue.

-Sí, pero, ¿me darás la magnífica espada de oro? ¿Me darás el rico estandarte? ¿Me darás la corona imperial?

Y la Muerte le fue dando aquellos tesoros a cambio de canciones, y el ruiseñor siguió cantando, cantando del silencioso cementerio donde crecen las rosas blancas, donde las lilas exhalan su fragancia y donde la fresca hierba es humedecida por las lágrimas de los que quedan. La Muerte sintió entonces nostalgia de su jardín y salió por la ventana, flotando como una blanca y fría neblina.

-¡Gracias, gracias! -dijo el Emperador-. ¡Bien te conozco, avecilla celestial! Te desterré de mi tierra y de mi reino; sin embargo, con tu canto has alejado de mi lecho los malos espíritus y has ahuyentado de mi corazón la Muerte. ¿Cómo te lo podré pagar?

-Ya lo has hecho -dijo el ruiseñor-. Arranqué lágrimas a tus ojos la primera vez que canté para ti; esto no lo olvidaré nunca, pues son las joyas que llenan de gozo el corazón de un cantante. Pero ahora duerme y recupera las fuerzas, que yo te cantaré.

Y el ruiseñor cantó, y el Emperador quedó sumido en un dulce sueño, suave y reparador.

El sol entraba por las ventanas cuando el Emperador se despertó, sano y fuerte. Ninguno de sus criados había acudido aún, pues todos lo creían muerto. Pero el ruiseñor seguía cantando en las ramas.

-¡Te quedarás conmigo para siempre! -le dijo el Emperador-. Cantarás cuando te apetezca; y en cuanto al pájaro artificial, lo romperé en mil pedazos.

-No lo hagas -suplicó el ruiseñor-. Él cumplió su misión mientras pudo; trátalo como siempre. Yo no puedo vivir en palacio, pero permíteme que venga cuando quiera; entonces me posaré junto a la ventana y te cantaré para que estés contento y te haga pensar. Cantaré de los que son felices y también de los que sufren; y del mal y del bien que se hace a tu alrededor sin tú saberlo. El pajarillo cantor debe volar lejos, hasta la cabaña del pobre pescador, hasta el tejado del campesino, hasta todos los que se encuentran apartados de ti y de tu Corte. Prefiero tu corazón a tu corona... aunque la corona posee la fragancia de algo sagrado. Volveré y cantaré para ti, pero has de prometerme una cosa.

-¡Lo que quieras! -dijo el Emperador, puesto de pie. Vestía su ropaje imperial, que él se había puesto, y apretaba contra su corazón la espada de oro macizo.

-Sólo te pido que no le digas a nadie que tienes un pajarillo que te cuenta todas las cosas. ¡Así será mejor!

Y el ruiseñor se marchó volando.

Entraron los criados a ver a su Emperador muerto; pero les recibió de pie y les dijo:

-¡Buenos días!

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