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San Manuel Bueno, mártir: caracterización de los personajes

Caracterización de los Personajes
Don Manuel | Ángela | Lázaro | Blasillo

Más que de personajes en esta novela cabría hablar de almas: de un cura, una muchacha, un hombre y un idiota.

Almas que pasan sin vestimenta humana. No nos dice el autor si sus cuerpos eran altos o bajos , fuertes o débiles. Pueden ser como se quiera. Apenas nos dice tampoco el sexo, porque en esta ficción de Unamuno, como en casi todas las suyas, las personas no son hombres y mujeres, sino padres e hijos; y ésta es una de las características de su obra. A menudo llama maternal al alma de un hombre

A) Don Manuel

Don Manuel, por sobrenombre Bueno (como Alonso Quijano antes y después de ser don Quijote; es decir, cuando está “en su sano juicio”, cuando no “sueña”), párroco de Valverde de Lucerna, es el personaje central de la obra. La novela se organiza en torno a su lucha interior y su comportamiento para con el pueblo. La clara contradicción (o, si se quiere, agonía) que se manifiesta entre estos dos aspectos de su personalidad hace que podamos considerar al personaje como la personificación de la suprema paradoja unamuniana. Esta contradicción, asumida por el personaje y funcionalmente operativa como motor de toda la trama novelesca, se produce por la voluntad de vivir como creyente y la imposibilidad de creer. Personaje y vida agónicos: la vida la siente el personaje como un continuo combate “sin solución ni esperanza de ella” entre la realidad y su deseo, entre la razón y la fe; y, aceptando como única verdad sólida el amor al semejante (es decir, la caridad), imponiendo esta verdad sobre todas las demás verdades en su conciencia: “aunque el consuelo que les doy no sea el mío”.

i. Razón y fe: verdad frente a vida:

Éste es, sin duda, el tema central sobre el que se construye toda la novela. Don Manuel no es creyente, pero actúa como si lo fuera, y comunica al pueblo la fe que él no tiene o, según las palabras finales de Ángela, que cree creer que no tiene. Las siguientes citas permiten resumir el sentido unamuniano de algunas afirmaciones del protagonista:

  • Lo primero, es que el pueblo esté contento, que estén todos contentos de vivir. El contentamiento de vivir es lo primero de todo.
  • ¡Ay, si pudiese cambiar el agua toda de nuestro lago en vino, en un vinillo que por mucho que de él se bebiera alegrara siempre, sin emborrachar nunca... o por lo menos con una borrachera alegre!
  • Y ahora —añadió—, reza por mí, por tu hermano, por ti misma, por todos. Hay que vivir. Y hay que dar vida.
  • La verdad., Lázaro, es acaso algo terrible, algo mortal; la gente sencilla no podría vivir con ella [...] Yo estoy para hacer vivir las almas de mis feligreses, para hacer que se sueñen inmortales, no para matarles. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían.

ii. Don Manuel y Cristo:

En numerosas ocasiones a lo largo de la novela se establece el paralelismo, cuando no identificación simbólica, entre don Manuel y Cristo. Los dos tienen el mismo nombre: Manuel (o Emmanuel), que en hebreo significa “Dios con nosotros”. Aplicado ese significado a la figura del sacerdote parece querer indicar que su presencia entre el pueblo de Valverde equivale a la de Cristo entre los hombres. Efectivamente, esta identificación alcanza su sentido pleno en la secuencia en la que don Manuel le pide a Ángela que rece “también por Nuestro Señor Jesucristo”: al llegar a su casa, ésta recuerda las palabras “de nuestros dos Cristos, el de esta tierra y el de esta aldea”.

Estas palabras son las que se han venido repitiendo a lo largo de la narración. La voz de don Manuel, a la que ya se ha calificado de “divina” , exclama con especial énfasis, durante el Viernes Santo: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” Entonces, cuenta Ángela, “era como si oyesen a Nuestro Señor Jesucristo, como si la voz brotara de aquel viejo crucifijo”. Las mismas palabras se van repitiendo como el eco en la voz de Blasillo el bobo. Y para reforzar la identificación, cuando Lázaro está a punto de revelar a Ángela el secreto de don Manuel, es interrumpido por la voz de Blasillo, que va gritando por las calles dicha frase. “Lázaro se estremeció creyendo oír la voz de don Manuel, acaso la de Nuestro Señor Jesucristo”.          

Por último, debe tenerse muy en cuenta la confesión de don Manuel a Lázaro, que éste cuenta a su hermana después de la muerte del sacerdote: “creía [don Manuel] que más de uno de los más grandes santos, acaso el mayor, había muerto sin creer en la otra vida”. Naturalmente la referencia es Cristo. Con ello, se pretende destacar la naturaleza humana de Cristo sobre la divina, en la que don Manuel no creía, que queda subrayada por la interrogación “¿Por qué me has abandonado?”, que para don Manuel vendría a significar la pérdida de la fe del mismo Jesucristo.

iii. Don Manuel y Moisés:

En varias ocasiones se hace referencia en la novela a la figura de Moisés: él condujo a su pueblo hacia la tierra prometida, aunque murió a sus puertas, sin llegar a entrar en ella por no haber creído la promesa de Dios. El paralelismo con don Manuel es evidente, y él mismo lo recuerda antes de morir: “y el Señor le mostró toda la tierra prometida a su pueblo, pero diciéndole a él: ‘¡No pasarás allá!’ Y allí murió Moisés y nadie supo su sepultura. Y dejó por caudillo a Josué. Sé, tú, Lázaro, mi Josué [...]. Como Moisés, he conocido al Señor, nuestro supremo ensueño, cara a cara, y ya sabes que dice la Escritura que el que le ve la cara a Dios, que el que le ve al sueño los ojos de la cara con que nos mira, se muere sin remedio y para siempre. Que no le vea, pues, la cara a Dios este nuestro pueblo mientras viva, que después de muerto ya no hay cuidado, pues no vera nada..."

Este paralelismo lo había puesto ya de manifiesto Ángela al comienzo de su narración: “Después, al llegar a conocer el secreto de nuestro santo, he comprendido que era como si una caravana en marcha por el desierto, desfallecido el caudillo al acercarse al término de su carrera, le tomaran en hombros los suyos para meter su cuerpo sin vida en la tierra de promisión”.

B) Ángela

La presencia de los hermanos Ángela y Lázaro en la obra actúa como dos polos contrapuestos que van acercándose a la figura central de don Manuel. Ángela parte de una fe firme. Lázaro, como veremos, desde el ateo convencido que es, además, anticlerical. Por lo tanto, aunque pueden ser analizados en su individualidad, siempre hay que tener en cuenta su posición subordinada al protagonista. No es que sean menos “importantes“. Importan —y mucho— porque sólo a través de ellos podemos conocer al protagonista desde un complicado “mecanismo” de puntos de vista.

En cuanto a Ángela, la etimología de su nombre nos pone en la pista de una de las funciones que desempeña en la novela. “ángel” proviene del griego “ánguelos”, que significa “mensajero”. Uniendo el prefijo “eu-” formamos “evangelista” ; es decir, “el buen mensajero” , “el mensajero de la buena nueva”. Ángela narra la vida de un hombre al que se pretende beatificar. Es, pues, su “evangelista”, la transmisora de la “buena nueva” de la vida del santo.

Las distintas funciones que desempeña Ángela se entrecruzan en la narración, pero son separables en el análisis:

  • Mensajera o evangelista: tal como explicamos más arriba.

  • Narradora: como tal aparece desde el comienzo. No omnisciente, sino limitada a lo conocido por su experiencia. Se dirige a un lector indeterminado (“sólo Dios sabe, que no yo, con qué destino...”).

  • Testigo: refiere lo visto y oído, formando ella misma parte de lo narrado. Pero también refiere lo sentido, incorporándolo a su testimonio. Así, lo objetivo de su narración se mezcla con lo subjetivo. Además, su narración tiene lugar mucho después de que ocurran los hechos, con lo que sus recuerdos mezclan sucesos en el tiempo y no le ofrecen garantía de objetividad: “y yo no sé lo que es verdad y lo que es mentira, ni lo que vi y lo que sólo soñé —o mejor lo que soñé y lo que sólo vi—, ni lo que supe ni lo que creí [...] ¿Es que sé algo?, ¿es que creo algo? ¿Es que esto que estoy aquí contando ha pasado y ha pasado tal como lo cuento? ¿Es que pueden pasar estas cosas? ¿Es que esto es más que un sueño soñado dentro de otro sueño?”.

  • Ayudante:como personaje que no sólo participa de lo narrado, sino que interviene como parte activa en ello: “le ayudaba en cuanto podía en su ministerio”.

  • Confesante y confesora: Al comienzo de su relato, declara que quiere que su narración lo sea “a modo de confesión”, con lo que su punto de vista, si no objetivo, se supone que parte de la sinceridad, de querer contar lo que se cree que es la verdad. También nos cuenta su papel de confesante con don Manuel en el sacramento de la confesión. Pero este papel de confesante poco a poco se va invirtiendo (“volví a confesarme con él para consolarlo”) para convertirse en confesora de don Manuel, hasta llegar el momento en que, tras escuchar la “confesión” de Lázaro, conociendo ya el secreto de don Manuel, vuelve al tribunal de la penitencia. Y en ese momento es ella la que hace la pregunta fundamental a don Manuel: “¿cree usted?”. De donde, y después de la tácita respuesta negativa, se deriva la petición del sacerdote: “Y ahora, Angelina, en nombre del pueblo, ¿me absuelves? [...] —En nombre de Dios Padre, Hijo, y Espíritu Santo, le absuelvo, padre.”

  • Hija-madre del protagonista. Ya hacíamos mención a la relación paterno-filial o materno-filial de los personajes de Unamuno. Como hija, don Manuel es su “padre espiritual”, padre de su espíritu, en el sentido de formarlo. Pero, conforme va introduciéndose en los recovecos del espíritu del sacerdote, va transformándose y adaptándose a su nuevo papel: “Empezaba yo a sentir una especie de afecto maternal hacia mi padre espiritual; quería aliviarle del peso de su cruz de nacimiento”. Y del momento en que acabó de confesar al sacerdote, escribe: “Y salimos de la iglesia, y al salir se me estremecían las entrañas maternales.”

C) Lázaro

El simbolismo de este nombre resulta bien claro: Unamuno lo escogió para recordar al Lázaro del Evangelio, a quien Cristo resucita. Don Manuel “resucita” el espíritu de Lázaro a su “fe”, para su “religión”.

El personaje de Lázaro opone al principio su razón a la fe que predica don Manuel: es él el que había enviado a Ángela al colegio (aunque fuera: un colegio de monjas, ya que “no hay colegios laicos y progresivos”; a su vuelta quiere que vayan “a vivir a la ciudad, acaso a Madrid” porque “en la aldea —decía— se entontece, se embrutece y se empobrece uno”; su actitud es no sólo irreligiosa, sino anticlerical; vida rural y religiosidad se sintetizan en él en dos adjetivos utilizados despectivamente: feudal y medieval.

Su reacción inicial al conocer y oír a don Manuel es de asombro desconfiado: “no es como los otros, pero a mí no me la da; es demasiado inteligente para creer todo lo que tiene que enseñar”; “¡No, no es como los otros —decía—, es un santo!”. Pero es precisamente porque don Manuel sabe que Lázaro no se dejará engañar la razón por la que le confesará la verdad que le atormenta (“Porque si no [le dice don Manuel] me atormentaría tanto, tanto, que acabaría gritándola en medio de la plaza, y eso jamás, jamás, jamás”). Y le convencerá también de que al pueblo hay que dejarle en paz —en fe— para que viva feliz; incluso manteniéndole en sus creencias supersticiosas que para ellos, los del pueblo, son verdaderas manifestaciones de su religiosidad.

Con Lázaro se introduce en la novela un nuevo tema: el de si es útil (para la felicidad del pueblo) preocuparse de los problemas sociales: “Y Lázaro, acaso para distraerle más, le propuso si no estaría bien que fundasen en la iglesia algo así como un sindicato católico agrario”. La respuesta de don Manuel es tajante: “¿Sindicato? y ¿qué es eso? Yo no conozco más sindicato que la Iglesia, y ya sabes aquello de “mi reino no es de este mundo”“. Esta reacción de don Manuel nos recuerda la del propio Unamuno al “Manifiesto” de “Los Tres” (Baroja, Azorín. y Maeztu): “No me interesa, sino secundariamente, lo de la repoblación de los montes, cooperativas de obreros campesinos, cajas de crédito agrícola y los pantanos [...] Lo que el pueblo español necesita es cobrar confianza en sí [...] tener un sentimiento y un ideal propios acerca de la vida y de su valor”.

La actitud de don Manuel se hace dolorosamente explícita: “¿Cuestión social? Deja eso, eso no nos concierne. Que traen una nueva sociedad, en que no haya ni ricos ni pobres, en que esté justamente repartida la riqueza, en que todo sea para todos, ¿y qué? ¿Y no crees que del bienestar general surgirá más fuerte el tedio de la vida? Sí, ya se que uno de esos caudillos de la que llaman la revolución social ha dicho que la religión es el opio del pueblo [...] Opio... opio... Opio, sí. Démosle opio, y que duerma y que sueñe”. Y en la secuencia anterior le dice: “no protestemos, la protesta mata el contento”. “No aparece aquí esta idea por primera vez en la obra de Unamuno, sobre todo durante esta época, en que empezaba a sentir la inutilidad de todo esfuerzo histórico. Sin embargo, rara vez antes se había expresado con tan definitiva convicción. Que “la protesta mata el contento”, ya lo decía muchos años antes, en Del sentimiento trágico de la vida; sólo que en aquella obra, dedicado Unamuno plenamente a difundir el ideal agónico-quijotesco de la existencia, añadía: “por lo tanto, protestemos; porque el contento, la felicidad resignada en la costumbre, es la muerte”“.

D) Blasillo

Blasillo representa el grado máximo de la fe ciega, inocente, que don Manuel desea y predica para su pueblo. Blas, el bobo, viviente en la inconsciencia, repite como un eco palabras del párroco, cuyo sentido ignora; recorre el pueblo clamando “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” y al hacerlo subraya sin quererlo la más enigmática de las frases divinas que pronuncia don Manuel desde su conciencia más lúcida. Así, lo racional - en sentido estricto, la negación de la divinidad de Cristo - desciende a lo irracional de la fe popular encarnada en Blasillo.

Cuando don Manuel muere, Blasillo muere —en el manuscrito de 1930 no ocurría así; la muerte de Blasillo se añade en la última redacción—. De esta forma, se culmina simbólicamente la identificación del pueblo con su párroco. Al faltar la voz “divina”, el eco carece de función, pues el vacío no admite resonancia. El resto es silencio: recuérdese el pasaje del credo, imposible de acabar sin la ayuda de quienes, con su fe, transportan al que calla cuando llegan las palabras indecibles. Igual sentido tiene la muerte de Lázaro, continuador del empeño ilusionante, pero sin fuerza ya para continuarlo.