El enamorado y la muerte

A partir de un romance de Juan del Encina, las versiones tradicionales abundan en el Noroeste, en Cataluña y entre los judíos de Grecia.
Yo me estaba reposando
anoche como solía;
soñaba con mis amores
que en mis brazos se dormían.
Vi entrar señora tan blanca,
Muy más que la nieve fría.
-¿Por dónde has entrado, amor?;
¿por dónde has entrado, vida?
Las puertas están cerradas,
ventanas y celosías.
-No soy el amor, amante;
la muerte, que Dios te envía.
-¡Oh muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
-Un día no puedo darte,
una hora tienes de vida.
Muy deprisa se levanta,
Más deprisa se vestía,
ya se va para la calle
en donde su amor vivía.

-Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta, niña.
-¿La puerta cómo he de abrirte
si la hora no es convenida?
Mi padre no fue a palacio,
mi madre está ya dormida.
-Si no me abres esta noche
ya nunca más me abrirás:
la muerte me anda buscando;
¡junto a ti, vida sería!

-Vete bajo la ventana,
donde bordaba y cosía;
te echaré cordón de seda
para que subas arriba;
si la seda no alcanzare
mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe.
La muerte que allí venía:
-Vamos, el enamorado;
la hora ya está cumplida.